El Mundial 2026 y sus controversias
Por: Óscar Huete
Mucho antes del pitazo inicial en la Ciudad de México, el Mundial de Fútbol 2026 ya se encuentra rodeado de polémicas. Desde manifestaciones y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad en los alrededores del Estadio Azteca hasta cuestionamientos sobre la organización, la seguridad y el impacto social del torneo, la cita futbolística más importante del planeta ha generado debates que trascienden lo deportivo.
Aprovechando la atención internacional que genera la inauguración de la Copa del Mundo 2026, madres de personas desaparecidas y familiares de víctimas de la violencia en México han alzado su voz para exigir justicia, avances reales en las investigaciones gubernamentales y respuestas ante la crisis de desapariciones forzadas que afecta al país.
A estas protestas se han sumado los docentes pertenecientes a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), quienes demandan un aumento salarial digno y la derogación de una ley de pensiones que consideran perjudicial para su futuro jubilatorio.
Las manifestaciones han derivado en severos disturbios, con derribamiento de vallas de seguridad, vandalización de patrullas policiales y enfrentamientos con unidades antimotines. Ante la escalada de tensión, las fuerzas de seguridad recurrieron al uso de gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes y recuperar el control de la zona.
Promocionado por la FIFA como “el Mundial más grande e inclusivo de la historia”, lo cierto es que las restricciones migratorias impuestas por Estados Unidos ya han dejado fuera a árbitros, jugadores, periodistas y aficionados que contaban con toda la documentación requerida, incluyendo visas, boletos aéreos, reservas de hospedaje y solvencia económica demostrable.
Omar Abdulkadir Artan, nombrado mejor árbitro de la CFA en 2025, estaba llamado a convertirse en el primer juez somalí en dirigir en una Copa del Mundo. Viajaba con documentación en regla y un visado emitido por las propias autoridades estadounidenses. Sin embargo, fue retenido en el aeropuerto de Miami y devuelto a Estambul debido a las restricciones de viaje impuestas a ciudadanos de Somalia.
En otro caso, Aymen Hussein, el delantero que clasificó a Irak a un Mundial por primera vez en 40 años, fue retenido durante siete horas en el aeropuerto O’Hare de Chicago. Finalmente logró ingresar al país.
Su fotógrafo oficial, Talai Salah, no tuvo la misma suerte. Tras permanecer retenido durante diez horas, se le negó la entrada a Estados Unidos. De inmediato, los delegados iraquíes denunciaron que tanto Hussein como Salah fueron tratados como sospechosos de terrorismo.
Asimismo, la delegación de Irán denunció que varios de sus integrantes no recibieron los visados correspondientes pese a tener compromisos programados en Los Ángeles y Seattle. Las autorizaciones fueron concedidas para futbolistas y personal esencial, pero parte del equipo administrativo, directivos y periodistas quedaron excluidos del torneo.
En una situación similar quedaron numerosos aficionados escoceses que ya contaban con visas aprobadas, vuelos reservados, hospedaje confirmado y entradas para los partidos. La única explicación recibida por parte del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos fue que las autorizaciones del Programa de Exención de Visas están sujetas a revisión permanente, incluso después de haber sido aprobadas.
En la práctica, esto significa que una autorización previamente concedida puede ser revocada en cualquier momento.
A varias selecciones africanas se les exigió una “fianza de visa” de entre 5 mil y 15 mil dólares para obtener una visa de turista. En países donde el ingreso anual promedio no alcanza esas cantidades, la medida ha sido interpretada como una barrera económica que limita el acceso al torneo.
La situación también afectó a la prensa. Algunos periodistas africanos recibieron visas de una sola entrada, lo que implica que, si acompañaban a sus selecciones en partidos disputados en México o Canadá, no podrían regresar posteriormente a territorio estadounidense.
Otro episodio polémico involucró a la selección de Uzbekistán, que disputará el primer Mundial de su historia. Antes de un partido amistoso en el Icahn Stadium de Nueva York, jugadores y miembros del cuerpo técnico fueron sometidos a inspecciones individuales al descender del autobús, incluyendo controles con perros detectores y revisiones de pertenencias.
A todas estas controversias se suman las fuertes protestas y movilizaciones en contra de la presencia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en los estadios, una medida que ha sido criticada por organizaciones defensoras de los derechos humanos y por diversos sectores de la sociedad civil.
Mientras la FIFA presenta la Copa del Mundo 2026 como una celebración global de inclusión, diversidad y unidad entre los pueblos, la realidad ha demostrado un panorama muy distinto. Restricciones migratorias, denuncias de discriminación, exclusión de periodistas, aficionados y personal vinculado al torneo, así como protestas sociales en las calles, han puesto en entredicho el mensaje que los organizadores pretenden transmitir.
El balón finalmente rodará y millones de aficionados alrededor del mundo centrarán su atención en lo que ocurra dentro de la cancha. Sin embargo, fuera de los estadios permanecerán abiertas interrogantes sobre derechos humanos, libertad de movilidad y justicia social que han acompañado a este Mundial desde mucho antes de su inauguración. Porque, más allá de los goles y los campeones, el Mundial 2026 también será recordado por las controversias que marcaron su inicio.

Oscar Huete






















































